24 de noviembre de 2013

Soñar

Habían pasado algunos años desde la última vez que nos vimos, esa noche en un restaurant que frecuentaba la encontré. Fue extraño al comienzo y la miré de reojos. Ella compartía en una mesa algo distante a la mía, sonría y hablaba animadamente.

En un momento de la noche cruzamos miradas y se detuvo por un segundo el tiempo. Podía observar claramente cada gesto de su cara, su sonrisa, esos labios rojos que me cautivaron, el movimiento de su mano y la postura de su cabeza que dejaba ver la hermosura de su cuello. La apertura de su vestido obsequiaba una bella vista de su hombro, lo que me tenía loco.

Mucho tiempo había pasado y no me atrevía a acercarme a hablarle, no sabría que decirle a la cara, quizás tartamudearía del nerviosismo, era todo tan confuso para mí.

Desviaba  la mirada e intentaba pensar en otra cosa, pero luego me descubría mirándola. Era tan hermosa, tan atrayente, tan sensual que todo el mundo la observaba. De cierta forma ella lo sabía y yo intentaba pasar desapercibido entre la multitud.

Era imposible no voltear a verla, esos lunares en su cuello me tenían loco. Creo que me acercaré a ella, intentaré hablarle.

Nunca una distancia tan corta se me había hecho tan eterna, me sentía observado y disminuido, quedaban dos mesas, tan solo dos mesas que nos separaban y parecía una eternidad el camino entre ambos.

Al llegar a su lado me quedé sin palabras, miré a sus acompañantes buscando alguien familiar. – Hola -. Dije tímidamente. Ella me miró y tuve que repetir el saludo. – Hola -. Me dijo ella sonriendo y el corazón parecía que me iba a explotar.

- Te vi a lo lejos y pensé en pasar a saludarte. -. Disparé como si se me acabara el aire, mientras ella me miraba fijamente a los ojos. Estaba nervioso y el que ella lo notara empeoraba todo.

En ese momento perdí totalmente la noción del tiempo, hablamos muchas cosas sin importancia, hablamos de viejos tiempos, nos actualizamos un poco y seguimos conversando. Intentaba parecer calmado, pero cada segundo era una eternidad, no podía dejar de mirar sus labios y desear besarla. Era ella quién controlaba la situación y yo me sentía como su mascota, encerrado en una jaula sin saber que iba a ser de mí.

La noche iba terminando, pensé en invitarla a una segunda parte, pero no me atreví. Aún era muy pronto para eso, yo no pertenecía a su realidad. Llegué a mi casa y me recosté sobre mi cama mirando al techo pensando en ella, en su sonrisa, en el gesto que hizo al saludarme, en su cuello, en su piel, en su voz… En lo ridículo que me veía hablando con ella temblando como un bebé. Quizás en un tiempo más, si nos volvemos a encontrar y compartimos más. Por ahora, sólo me queda dormir y soñar.

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