3 de julio de 2010


Discapacidad.

Un día consulté a un ciego, ¿Cómo se sentía con su discapacidad? Aquella persona de unos sesenta años de edad, había quedado ciego a sus veinticinco años.

Al escuchar mi pregunta, sonrió como si hubiese recordado alguna especie de broma. Luego giro su cabeza hacía mí, como si me estuviese mirando a los ojos y me dijo:

"¿Discapacidad?, no estoy seguro de poder llamarla así, creo que es un concepto algo controversial y a mi gusto, no es aplicable a mi condición. Es verdad que no poseo la capacidad de 'ver', al menos no como lo hacía antes. No puedo ver las facciones de tu cara, ni el color de tus ropas, tampoco soy capaz de reconocer las figuras que aparecen en una pantalla de televisión ni reconocer a alguien a la distancia.

Pero no diría que estoy ciego, al contrario, creo que el haber perdido la vista me abrió los ojos. No estoy 'ciego'. Puedo sentir a una persona, escuchar con claridad no solo lo que dice, sino lo que siente e intenta comunicar. Puedo viajar y percibir el aroma de las ciudades, de los campos, de las flores, lo animales y de las personas. Puedo recordar diferentes tonos de voz y reconocer los estados de ánimos de las personas que me rodean.

He perdido amistades, he perdido parte de mi familia, amores y muchas cosas, pero no me considero un 'discapacitado'.

Antes de quedar 'ciego' o mejor dicho 'no vidente', pensaba que lo que podía ver era todo, era fantástico y hermoso. Me enamoré y sufrí, pues miraba a las personas por sus apariencias, pero era incapaz de ver sus corazones. El perder mi vista, me abrió los ojos a un mundo totalmente diferente, no imposible de alcanzar por el común de las personas, los que 'si ven', es tan solo que ellos 'no pueden verlo'.

Ahora te pregunto, ¿Cómo te sientes con tu discapacidad?"

Fin... (?)

Un cenicero a punto de rebalsar junto a un café sin terminar, unos cuantos papeles desordenados y la computadora aún encendida. La ventana abierta y una silueta dibujada por la luz de luna en el balcón.

Ha pasado un tiempo, días o meses, eso no importa. Aquella pequeña habitación en medio de la ciudad era la muda testigo de la soledad. Unos cigarros y medio café eran los únicos compañeros con los que contaba.

¿Qué hace que una persona se abstraiga de todo cuanto la rodea?, se aleje de las personas que la estiman, de las personas con las que compartía, de todo.

Dentro del desorden sobre su escritorio, se encontraba la respuesta. Una pequeña carta era la "culpable" o mejor dicho, la portadora de la causa de su sufrimiento.

Aún cuando intentaba entender las razones que en ella se explicaban, no podía aceptarlas. Mientras observaba la luna intentando calmarse, sostenía su celular fuertemente como si al presionarlo de pronto entrara la llamada que esperaba, la misma que no era capaz de hacer por si misma.

Quizás era lo mejor. Una vez escucho "no esperes nada de nadie, pues si te aferras a una esperanza, encontraras dolor y tristeza". En su momento le pareció algo muy frio, pero ahora que la desesperanza era su compañera, intentaba auto convencerse de que era lo mejor. No esperar nada y seguir adelante.

Lo intentó, pensando firmemente en esa idea, respirar hondo y mientras miraba la luna fijamente. Al cavo de unos minutos dio media vuelta y entro en la habitación, tomó sus pertenencias y se dirigió a la puerta.

- No hay que lamentarse, pues todas las cosas ocurren por algo - Pensó. Luego volvió su mirada a la carta que aún se encontraba sobre la mesa. Y sintió que una lágrima amenazaba por aparecer. Apagó la luz y la habitación se sumió en la oscuridad.

- La única forma de seguir adelante, es traspasar el umbral de esta puerta. No puedo quedarme en esta oscuridad por siempre.-

La puerta ahora se encontraba abierta y una brisa entró por la ventana provocando que la carta sobre el escritorio se deslizara hasta caer al suelo. La puerta se ha cerrado y solo la suave luz de luna se encuentra dentro de la habitación, como si intentase alcanzar aquella carta y saber el por qué de tanta tristeza.