29 de abril de 2014

¡Renuncio!

“¡Renuncio!”, se escuchó en mitad de la noche, mientras algunas pocas miradas buscaron la procedencia de aquel reclamo, entre las sombras de los años y el bullicio de la juventud, lograron divisar a un hombre de avanzada edad.

¡Renuncio! – Repitió – ¡Presento mi renuncia a esta humanidad! – Ahora había logrado captar la atención de un par de jóvenes, quienes hicieron una pausa en sus apresuradas rutinas, para reírse de él.- 

Renuncio a esto que ha pasado de ser una humanidad a un puñado de seres individualistas, superficiales y ‘tecnlogodependientes’.

En una vida pasada quise ser escritor. Disfrutaba mirar a las personas que pasaban a mi lado e imaginaba historias sobre sus vidas, su procedencia, sus problemas, sus amores y su futuro. Pero luego de ver como esas personas comenzaban a perder expresión, sus miradas ya no apuntaban a ningún futuro ni a ningún sueño, ya no podía escribir.

Cuando aún era joven, en un viaje camino a mi hogar, me percaté como más de la mitad de los pasajeros del pequeño bus en el cual me encontraba, estaban sumidos en sus celulares. Eran verdaderas máquinas. El celular ya no era un dispositivo que permitía acortar distancias entre seres queridos o que simplificaba relaciones laborales. Había consumido el alma de quienes lo utilizaban.

Ya no existían las conversaciones con extraños en un viaje largo, preguntar datos para llegar a algún lugar, los recuerdos de anécdotas de amigos. Si no estaba registrado en el celular o en Internet, no existía. Quizá la memoria de estos dispositivos era mejor que la de sus mismos usuarios.

Fui creciendo y tuve mi propia familia, luego veía como en los actos en los que participaban mis hijos y luego mis nietos, ya no había nadie mirándolos. Eran sólo cámaras y parpadeos de flash que iluminaban el escenario mientras la otra parte del público, sumidos en sus celulares, estaban preocupados de lo que pasaba en otro lugar.

La misma cultura se fue perdiendo, la escritura pasó a segundo plano cuando fue tan simple dictarle a una computadora y ella escribiera. Luego tampoco fue necesario leer y ahí se pudrió todo.

Renuncio a esto que llaman tecnología, no porque no quiera ocuparla, sino por evitar que ella me ocupe a mí. Porque deseo recuperar lo que antiguamente llamábamos humanidad.

Deseo volver a tiempos en los que las personas se expresaban libremente y la comunicación no se veía entorpecida por la mala ortografía y la falta de expresión de sus escritos, producto de los cual miles de relaciones llegaban a su fin.

Renuncio a la idea de que la tecnología sea vital para nuestras vidas, cuando en un comienzo, de forma inocente pensamos que sería la mejor manera de facilitar y preservar nuestra vida y nuestra humanidad.


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Javier Andrade M.

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